Visitas de viciosill@s

lunes, 15 de octubre de 2012

Hambre de ti




A ti te gustaba el sonido de los grajos volando por nuestras cabezas y el meneo de mi falda al viento. Yo adoraba el sonido de tus palabras, que tejían tus labios y escupían ese sabor que añoraba adherir a mi lengua. Adoraba el baile de tus pupilas cuando descubrían las mías y hacían sentirme la protagonista de tu suspense; aquel que tecleabas en tu intimidad cuando yo ofrecía los despojos tiernos e insaciados de mi carne, una epidermis que era como pétalos frágiles y húmedos que se abrían extasiados ante tus caricias y deseo caníbal. Deseaba sentir tus incisivos clavándose despacito en la curva de mi cuello. Te esperaba con la máxima lujuria, provocando el incesante latido de tu miembro escondido en tus pantalones y que mis manos ¡oh, esas condenadas manijas cuadradas que te buscaban hambrientas y traviesas! Rajaban tu cremallera para frotarte.

Podría haber roto la puerta de las inconveniencias, entregarte mi majestuosidad joven, carnal. Escuchaba alerta tus pasos subiendo y bajando peldaños, advirtiendo que en cualquier momento me tomarías en ti y que esta vez yo no tendría por qué tener miedo. Éramos dos piezas contraídas y neófitas que deseaban aprenderse, jugar, perder para volver a reanudar las batallas vencidas.

Esta noche que se presenta hambruna, te espero en la esquina de tu quehacer laboral. Hay un corazón sediento que apuñala el tejido del jersey. ¿Lo escuchas? Conoces los sonidos de una mujer. Y son mis jadeos los que hacen temblar tus pies y el bulto tentador que yace apretado en tus muslos. 

Arácnida.

viernes, 5 de octubre de 2012

Flor en el mantel


Cuando Berni comenzaba a morder el pico de una servilleta de papel, todos los chicos  se ponían nerviosos. Lo hacía a la puerta del cine, un rato antes de que comenzara la película. Se regodeaba, tenía una parsimonia que exasperaba. Yo había vuelto al pueblo de vacaciones como todos los años, y noté algo extraño en el comportamiento de mis amigos.

Era un momento de tensión, porque Berni (siempre había sido Bernarda, la del cine, pero desde que volvió de la capital…, se trajo el nombre y las servilletas) no engañaba a nadie, y a cambio de su acción, solo recibía tibias quejas de las demás chicas del pueblo.

Era la hija de Bogart –llamado así, porque aparte de ser el dueño de la sala, le encantaban las películas de ese actor, y siempre que podía le imitaba en ropa, gestos o expresiones, aunque en español, claro– y conocía el cine y su escenario como nadie.

Los chicos nos poníamos atrás, debajo de la máquina, que aunque hacía algo de ruido, era donde se podía hablar sin molestar a nadie. Las chicas del pueblo entraban y salían de la sala durante la película, era un cine familiar; como si estuviéramos en el salón de nuestra casa.

El Nodo servía para situarnos, y ver quienes habíamos ido ese domingo al cine, bromear y comentar los trajes que llevaban las chicas, que de tanto entrar y salir, creo que se enteraban de la película menos que nosotros, y nos servían para hacer un cambio en la conversación, y pasar de una a otra.

Poco después de que empezara la película, Berni aparecía y le decía al que estuviera en el asiento del pasillo: –dile a fulanito que venga al confesionario dentro de cinco minutos, que tengo que hablar con él.

Obedientes pasábamos la voz y el fulanito elegido, pasado un momento, salía al pasillo y se sentaba en la última butaca del fondo. Empezaba a hablar en voz baja, cerca de la pared, y después de un rato de estar inmóvil, el fulanito volvía y se sentaba en su sitio, y decía que  quería hablar con otro, y así casi todos.

Nadie decía nada de lo que hablaban en el confesionario, había un pacto de silencio. Tanto compañerismo despertó mi curiosidad. Una vez que me crucé con Berni en el pueblo, le dije que quería hablar con ella, como los demás y me dijo que me llamaría al domingo siguiente.

Así fue, me llamó el tercero, y cuando Berni apareció, empezó a preguntarme cosas privadas, cosas que ni siquiera sabían mis amigos, pero me dijo que aquello era como una confesión, que yo no debía de decir nada, y que ella tampoco lo haría. Me siguió preguntando cosas que hicieron que me pusiera muy excitado, y cuando estaba decidido a contarle lo que me preguntara, desapareció.

Me había dicho que no me moviera y que no mirara hacia abajo. Me dejó sentado esperando como a todos. En menos de un minuto noté que de la pared salía una mano con una de sus servilletas.

Comenzó una hábil manipulación, y pude comprobar, al romper yo mismo el papel con mi cuerpo, para qué servían las famosas servilletas. Aquello parecía una flor sobre un mantel. No conocía suficientemente sus manos, aunque no me parecieron las suyas. Pero me mantuve todo lo quieto que pude, y cuando no pude, también, por no traicionar su confianza.

Cuando me recuperé de aquel trance y logré recomponerme, me dijo desde detrás de la pared, que llamara a menganito. Fui y di el recado. Me excusé, y decidí volver a casa. Al salir vi a Berni en la puerta del cine hablando con algunas chicas del pueblo.
REMedios

viernes, 27 de julio de 2012

LAS GALLINITAS CIEGAS


Una inmensa niebla cubría el tren para hacerme pasar la noche más aburrida de la historia junto a mi remilgada mujer. El traqueteo monótono y sus ronquidos nada despreciables me impedían conciliar el sueño.
Salí al pasillo y dirigí mis pasos hacia el baño masculino. De un compartimento cercano salían murmullos sofocados. La puerta, entreabierta, me dejó ver lo que ocurría en su interior. Quedé petrificado, incapaz de moverme. Era fantástico. Ni mis mejores sueños podían comparársele.
Observé cómo cuatro mujeres jugaban a la gallinita ciega. La gallinita ciega, con una venda de seda negra por toda vestimenta, perseguía a las demás en el reducido espacio. Las demás gallinitas saltaban, se escabullian y caían al suelo entre risas ahogadas. Mi entrepierna, a punto de explotar, quería participar. El recuerdo de mi mujer, sin embargo, me lo impedía. Alejé mis pasos de allí. En el baño eché abundante agua sobre mi rostro y, sentado en el váter, me obligué a pensar cualquier cosa para que mi bulto decayera. ¡Si mi mujer lo hubiera visto habría alborotado a todos los pasajeros!
Recordé la noche de bodas, en la que yo, ingenuo de mí, propuse que ella hiciera un strip-tease. Jamás olvidaré la cara que puso. Estuvo insultándome toda la noche, con apelativos tan cariñosos como depravado,  pervertido, monstruo, degenerado. ¡Ni qué decir tiene que esa noche no consumamos, ni las siguientes! Mi mujer, por cumplir con su deber marital de la forma más sosa, se sentía con pleno derecho sobre mí.
Una vez mi mente fría salí del baño. Intenté hacer oídos sordos a los gemidos que salían e ir directamente a mi asiento. En ese momento, el tren pasaba por una estación, parando de forma brusca. Perdí el equilibrio y caí al suelo, cerca de la puerta del compartimento de las gallinitas. No podía dejar de mirar, una vez más, a esas mujeres pasándoselo en grande. La puerta seguía entreabierta, quizás un poco más. Todas las mujeres estaban ocupadas. Una de ellas, tumbada en el suelo, recibía besos y caricias en sus pechos por parte de dos de ellas. La cuarta le lamía el conejo, haciendo desaparecer su cabeza entre las piernas. La otra le metía su lengua hasta el paladar sujetándole el pelo, rubio platino, que caía en cascada. En ese instante se derrumbó mi vida. ¡Manuela! Al oír su nombre la mujer recostada se incorporó invitándome a entrar.
-       Queridas, es mi aburrido esposo, enseñémosle a disfrutar del placer terrenal – dijo guiñando un ojo a las mulatas que devoraban sus pechos.
Me tiraron al suelo, junto a mi desconocida esposa. La mulata del pelo rizado y largo hasta la cintura empezó a desnudarme rompiendo los botones de la camisa y la cremallera de los vaqueros con frenesí. Los calzoncillos los quitó a bocados y, en un abrir y cerrar de ojos, ya la tenía encima, cabalgando y  chillando como una yegua desbocada. La otra mulata, con un pecho desbordante, puso su vagina sobre mi boca, incitándome a comérselo. ¡Olía a sexo por todas partes!
No pude evitar mirar a mi mujer, para que me diera su consentimiento, pero ella sólo estaba pendiente de su propio placer. Así que comí, saboreé y me dejé llevar por el deseo más primario que existe.
Al correrse la mulata que me cabalgaba, dejó paso a la de pechos grandes, a quien penetré sin poder dejar de mirar a mi mujer. No la reconocía. Se movía con rapidez, sin vergüenza, sabiendo lo que tenía que hacer en cada momento, como si no fuera la primera vez que hacía esas cosas. La mulata que me había cabalgado se fue hacia ella para besarla. Ambas se fundieron en un beso apasionado en el que yo quería participar. Manuela lo intuyó y se fue a besar a la mulata que estaba cabalgando. Estaba a punto, mis embestidas cada vez eran más fuertes y rápidas. Mi mujer la remplazó. Yo la embestía con desenfreno mientras las dos mulatas comían los pechos a mi Manuela. No quería que acabara nunca. Mi polla iba a explotar. La penetración se hizo aún más profunda, Manuela estaba chorreando. Yo sólo quería desbordarme y mi mujer no dejó de besarme hasta que la erección bajó.
Recuperada la mente fría no sabía cómo comportarme. Manuela se hizo cargo de la situación. Despidió a sus compañeras con mimos alentándolas para que nos dejara a solas.
-    ¡Qué calladito te lo tenías! No sabía que pudieras aguantar tanto. Conmigo te comportas de una manera tan aburrida…
-          Manuela, yo creía que…
-      ¿Qué soy tan mojigata cómo tú? Despierta. Hoy en día las mujeres lo que no encuentran en casa lo buscan fuera, y tú eres tan pusilánime…
-          Pero yo creía que eras tú la que era así.
-          ¿Ah, sí?
-     Cuando te dije que me hicieras un strip-tease me trataste fatal y en la cama te comportas muy diferente a cómo lo has hecho esta noche.
-      Sólo trataba de saber qué te gustaba en el sexo poniéndote a prueba. Demasiado pronto te resignaste a nuestra vida marital. Nunca intentaste meter alicientes para mantener viva la pasión. ¡Qué equivocada estaba!
Nuestros labios esa noche se desearon mientras nuestros cuerpos se fundían de nuevo en uno solo ser. Desde entonces nuestra vida ha cambiado, somos cómplices el uno del otro y hacemos realidad todas nuestras fantasías sexuales.   
Andrómeda.

jueves, 12 de abril de 2012

Fresas con nata



Aquella noche era nuestro escenario perfecto, el cálido parpadeo del fuego fulguraba en las paredes y lamia nuestra silueta. Mis pechos eran las alas vírgenes de una mariposa. Tumbada siendo una esfinge esclava a tus peticiones urdí un plan para que nuestra pasión saliese expulsada de un postre exquisito. Desnudos, fuimos a la cocina. Acariciabas mis cachetes mientras cogí del frigorífico una bandeja de fresas frescas que compramos la noche anterior.

 El bote de nata estaba a una escasa distancia de tu anatomía. Apunté el bol lleno de fresas con el propulsor y salió una cantidad generosa y espesa de nata montada. Nuestros reflejos en el espejo daba la imagen de dos querubines traviesos y excitados. Unté en mi dedo la última lágrima nívea que el propulsor había olvidado y recorrí tus labios, entrecerraste los ojos y chupaste mi dedo mordiéndolo ligeramente, dejando tras sí una marca deleble. Reí como una colegiala y enterré mi lengua entre tus dientes, traspasándote mi aliento a fresa. Gruñiste en desesperación por sentarme en la encimera y fundirte en mi piel, pero el reloj crujía haciendo avisar de que pronto ellos llegarían.

Contoneando las caderas y disfrutando torturándote llevé el bol de fresas asfixiadas en nata hacia el salón. Decidimos acariciar la estancia con música clásica. Debussy fue el afortunado en presenciar como nuestra carne empezaba a humedecerse. La luna era como una bola blanca  de billar, nos relataba los secretos de los lobos y decidiste ser parte de ellos mientras mordías ligeramente mis pezones y ahogábamos la risa dentro de nuestras bocas. Acaricié inocentemente tu pene que empezaba a hincharse y crecer. Lamiste de abajo arriba mi cuello y el soplo de tu aliento en mi oído me hizo estremecer. Tu mano acarició mis braguitas y masturbaste con precisión el botón rosado que se escondía tras la tela. 

Cuando una intensa sensación empezaba a adueñarse de mis venas paraste y nos miramos por milésimas de segundo. Las doce aun no había nacido y reanudamos nuestra tarea. La puerta pronto se abriría pero no nos importaba, el ardor de nuestra piel podría llamear toda la casa. Lentamente me penetraste y arañé tu espalda mientras me dejaba eclipsar por los movimientos de tu pelvis encima de mí. Con ritmos frenéticos nos abandonamos en jadeos y gritos exagerados, las paredes podían oír y disfrutábamos haciéndolas sufrir. Una engrosada capa de sudor resbalaba sobre mi vagina y mientras me penetrabas imaginé tener un océano allí dentro. 

Tapé tu boca con mi mano y subí encima de ti, la mesa tambaleó cuando mi pierna rozó la pata, ¡olvidamos las fresas! Cogí el bote de nata y propulsé sobre tu pene, muslos y tórax. Lamí con placer, di vueltas con la lengua hasta que vi como tus ojos miraban hacia arriba y tus labios se abrían preparándose para gritar. Lamí  incansablemente tu pene y el chorro de tu semen se mezcló con los últimos restos de nata. Agarraste con fuerza mi cabeza y guiabas mi boca por tu zona hasta que sintieses que los espasmos te abandonasen.

 Me tumbé boca arriba y dejé que tu imaginación me sorprendiese. Colocaste entre mis piernas una fresa y poco a poco empezaste a comerla mientras tu mirada recorría mi rostro jadeante y excitado. Apretaste el capullo de la fresa sobre el clítoris y lo frotaste, sentí como el líquido lubricaba las paredes de mi parte intima, aquello me excitó más aún. Tu sonrisa socarrona me hizo querer odiarte entre placeres. Cuando la fresa empezó a derretirse, tu lengua lamió mi clítoris con deseo y énfasis. Enterré mis dedos en tu pelo y empujé tu cabeza más dentro. Arqueé mi cuerpo cuando el orgasmo sacudió todo mi cuerpo, temblando sudorosa entre la manta que había bajo nuestros traseros. Mordiste mi lengua como un pacto terminado, el olor de mi sexo rozó mi nariz. 

Triunfantes nos levantamos corriendo a sabiendas que las doce profanaba su llegada. Limpiamos el suelo, el bol y tiramos a la basura el bote de nata que habíamos dejado vacío. Trozos de fresa habían quedado entre los dientes, mutuamente dejamos pulidos nuestros incisivos. La puerta se abrió, la fiesta iba a comenzar. 


Arácnida.

martes, 31 de enero de 2012

María Violeta

En invierno la encontré en una reunión de un club privado, al que me invitaron por conocer al dueño de la casa donde se celebraba. Antes de las campanadas cenamos con nuestros vestidos de fiesta y un antifaz puesto. Como no sabías quien tenías al lado guardabas tu intimidad y podías ser quien quisieras, lo mismo que los vecinos y vecinas.

Cuando sonaron las campanadas brindamos, nos quitamos el antifaz y nos saludamos y presentamos a todo el mundo. Me habían advertido que aunque conociera a alguien me presentara y que allí no conocía a nadie. Luego en la calle que siguiera saludando como lo hacía antes a posibles conocidos o conocidas.

Después de las presentaciones sonó la música y la gente comenzó a bailar de formas extrañas. Algunas parejas empezaron a mirarse y sin perderse de vista giraban y se sonreían de modo lascivo, otras muy pegadas trataban de bailar algo parecido a un vals, otros unían sus cuerpos y se restregaban mientras hablaban con los ojos. Quedamos algunas personas sueltas que no habíamos estado en reuniones anteriores y empezamos a imitar lo que veíamos lo mejor que pudimos.

Vi a alguna mujer con otra, o con otras, haciendo una danza que parecía africana. Con el cuerpo casi rígido, movían solo las piernas y daban saltitos, que meneaban solo algunas partes de su cuerpo. Paraban, reían y volvían a repetir. Otros grupos o parejas aprendían a bailar imitando a sus vecinos o vecinas, porque el baile les parecía original o difícil de realizar.

Enseguida sentí que formaba parte del grupo y me integré en los bailes. La gente comenzaba a quitase parte o todo el traje de fiesta. Vi una mujer morenita con la que me apeteció arrimarme y restregarme. Nuestro pecho erecto se frotó y nuestro sexo, receptivo y entregado se apretó y disfrutó.

Una mujer rubia y voluptuosa se me acercó por detrás, besó mi cuello, se abrazó a mí y empezó a restregarse. Notaba su pecho rayando mi espalda y su sexo intentando acoplarse lo mejor posible a mi culo redondito. Con sus manos primero en mi pecho y luego en las caderas, se restregaba con furia llevando mi excitación a una altura que no conocía. No me dejaba verla, mucho menos besarla. Al final me dejé hacer y pudo realizar lo que había estado pensando desde que me vio. Me fue relatando sus pensamientos y mientras me contaba lo que me estaba haciendo tuve mi primer orgasmo, entre espasmos y cachetes que pusieron mi culo redondito al rojo. Después la vi desmoronarse a ella. Me quité como casi todo el mundo había hecho ya, mi traje de fiesta y me moví por la habitación buscando nuevos contactos.

Allí estaba María, bajo una luz violeta, rodeada de varios hombres. Todos bailaban y giraban en una dirección y ella en la contraria. Se paraba delante de alguno, se miraban, tocaban o besaban y seguían bailando. Después de varias vueltas, ella unas veces de pie otras de rodillas, o tumbada sobre una piel de tigre, se fue deshaciendo de sus amantes. Yo esperaba manteniendo contacto visual disfrutando de la perspectiva y sin perder mi excitación.
Cuando vi que me invitaba con la mirada pensé que había llegado mi momento. Cuando me acerqué me pareció una mujer satisfecha y deseosa de más. Mi excitación se disparó. Ahora sin la premura de los primeros momentos y tratando de aprovechar el placer que se acercaba. Le fui susurrando al oído como la había admirado cundo la vi con su traje blanco en la terraza de verano; cómo pude disfrutar de su cuerpo, solamente velado por un lino transparente; le expliqué el ambiente de excitación que dejó en la terraza, incluyendo a los camareros; le detallé lo que tuve que hacer para dejar de pensar tan ardientemente en su cuerpo. Ella sonreía, a veces reía y no dejaba de culminar una y otra vez su excitación. Cuando vio que mi ardor había llegado al máximo, se apretó contra mí, y entre el placer del momento, después de verla culminar una y otra vez y el dolor de sus uñas clavadas en mi culito, tuve un orgasmo y me mojé las piernas como nunca lo había hecho antes.

Hoy, una semana después, aun me molesta sentarme, y al llegar a pedir al jefe un día de permiso he visto a su nueva secretaria. Me la han presentado como María.
                                                                                                                                Remedioss